Testimonios

Nada de Carmen: ¡Señora Carmen!
Testimonio recogido por Inés Tello y María Torres


Hace un par de semanas y gracias a una inesperada propuesta de experiencia voluntaria, dos chicas, Marita e Inés, fuimos a visitar a una persona muy especial. La propuesta era bastante simple: teníamos que elegir una tarde de nuestras agitadas vidas para ir a la casa de una mujer a ser oyentes de su historia y, más tarde, una vez recolectados los datos necesarios, redactar un poco lo que fue su vida. Hay que admitir que estábamos un poco nerviosas, dado que no sabíamos lo que nos íbamos a encontrar por el camino. A decir verdad, nos imaginábamos a la típica abuelita, sencilla, amabilísima y cocinera de galletas y, para nuestra sorpresa, nos topamos con una señora bastante particular.

La persona mayor con la que nos citamos resultó ser alguien que nos sacó totalmente de nuestras expectativas. Una mujer que ha resultado tener una vida dura y ardua, una superviviente que, como otros muchos ha tenido que salir adelante como ha podido y que ahora mismo reside sola en una casa baja de la zona de Pirámides. Esta señora, de casi noventa años se llama Carmen y ella, acicalada, apoyada en una muleta y con una sonrisa en la cara, tuvo a bien de contarnos su intensa vida.
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Lidia Escribano
Testimonio recogido por María Salazar y María Seivane

Lidia es una señora viuda de 90 años, nacida en un pueblo de la provincia de Burgos llamado Quemada. Allí ha estado viviendo hasta los 17 años que vino a Madrid. Fue a la escuela hasta los 11 años que empezó a trabajar segando el campo con sus padres y hermanos y limpiando casas; en una de ellas conoció a su marido con el que ha tenido dos hijos. Éste falleció por un tumor cerebral hace ya unos años.

Tiene muy buenos recuerdos de las fiestas de su pueblo en las que disfrutaba mucho con sus amigas comiendo caramelos y jugando a la comba y al corro.

Ahora Lidia vive sola pero cuenta con la ayuda de voluntarios, como los de Amigos de los Mayores, con los que pasa buenos ratos dando paseos y tomando zumo de limón en los bares cercanos a su casa; recibe visitas de sus dos hijos de los cuales esta muy orgullosa.

Maite Núñez

Testimonio recogido por Henar y Mauro Coll

Mujer madrileña de 61 años. Maite nació en la misma casa donde vive hoy en día y fue la última de cuatro hermanas. Sus padres la quisieron en todo momento y le proporcionaron una feliz infancia. Siempre fue traviesa y defensora de los derechos de las personas. Es por eso que en su juventud participó en movimientos revolucionarios, de los cuales recuerda sus mejores momentos.

A los 14 años obtuvo el certificado de estudios, empezando a trabajar desde ese momento en administración y contabilidad para la comunidad de Madrid. Más tarde, a partir de los 30 años participó en cursos de psicología, turismo y ambientación laboral.

Sufrió una etapa de depresión después del trágico episodio de la muerte de su prometido, pero gracias al apoyo de sus familiares logró superarlo y seguir adelante. desde entonces Maite no ha parado de viajar, y rememora sus mejores momentos en Rusia, Francia, Finlandia o Polonia.

Hoy en día no mantiene relación con sus amigos de la infancia (con los cuales tuvo sus mejores aventuras), y es acompañada cada semana por una asistenta social. Trató de someterse a un tratamiento de reducción de peso, pero el marca-pasos que aún lleva se lo impidió, por lo cual a día de hoy su movilidad es muy reducida.

Maite ha demostrado siempre su constante lucha por los derechos. Con su afán de superación consigue pasar día a día, con ayuda y compañía de profesionales. Ella es solo un ejemplo de los miles de ancianos que ahora mismo se encuentran solos en sus casas, y por eso el objetivo de amigos de los mayores no es otro sino encontrarlos, y ofrecerles el calor humano que tanto necesitan.

Conchita
Testimonio recogido por Gadea Carpintero y Jaime Quesada

Conchita nació el 8 de octubre de 1920 en Valencia capital. Más tarde se mudó a Grau. Estudió contabilidad hasta los 15 años, aunque hoy en día no se acuerde de mucho.

Su madre enviudó pronto, dejando a Conchita y a su hermana Maruja sin padre, aunque sólo momentáneamente hasta que encontró nuevo marido.

De la época en la que su madre se iba a casar con su nuevo marido (padre de cuatro hijos: Ricardo, Ramón, Pepe y Vicente) tiene buenos recuerdos, como la vez en que se conocieron todos: habían quedado a comer todos juntos para conocerse y para que las niñas (Conchita y Maruja) dieran el consentimiento para que se casaran. Además, los futuros esposos se comprometieron a casarse sólo si los seis hijos se comportaban como hermanos. Así ocurrió, así que poco después, los dos estaban casados y todos vivían juntos bajo el mismo techo, en el poblado marítimo de Cabañal.

En 1936, cuando estalló la guerra, sus hermanastros fueron todos al frente, y su madre, su padrastro, ella y su hermana Maruja fueron a vivir con su tío (hermano de la madre).

Como su madre enfermó por aquel tiempo, a Conchita le tocó hacer las tareas del hogar, siempre guiada por su padrastro.

Su hermanastro Ramón (segundo hijo del segundo marido de su madre) fue posteriormente su marido. Se casaron, después de dos años de novios y muchas cartas en las que él la mandaba indirectas, el 10 de octubre de 1940 en Valencia.

A sus hijos les dio a luz en casa: a Rafael, el mayor, el 4 de enero de 1942 y a María de la Concepción el 17 de julio de 1945. Y una vez nacidos sus dos hijos, se mudaron a Madrid, primero a una casa por Ascao y después a su casa actual, ya que a Ramón le ofrecieron un trabajo en el taller de su hermano.

Es una gran costurera; ha realizado manteles, servilletas y hasta los vestidos de boda y de comunión de su hija y sus nietas.

En la actualidad vive en el distrito madrileño de Cuidad Lineal, junto al metro de La Elipa, en un quinto piso en un edificio que carece de ascensor y por tanto, poco puede salir de casa, aunque le encantaría. Además, sus hijos y nietos (que son siete) trabajan o estudian y no pueden ir a verla. Su única y más preciada compañía son los voluntarios de la ONG amigos de los mayores, en especial, una francesa llamada Marielle.

Carmen Pardo.
Testimonio recogido por Inés García y María Minué.

Carmen, María e Inés
Madrid, 16/02/2011.

Carmen nació en una pequeña aldea de 22 habitantes en A Coruña, a 33 kilómetros de Santiago de Compostela y a diez del mar.

A las siete semanas unas gotas para los ojos la dejaron prácticamente ciega. A los 16 años tuvo otra infección que le hizo perder completamente la visión.

Tuvo una infancia muy dura. Su familia se dedicaba a la agricultura y ella tuvo que empezar a trabajar a los 5 años. Tenía dos hermanos y una hermana, todos de distinto padre. Cuando le preguntamos por su relación con ellos, contesta: “Con uno, bien; con otro a medias y con la otra… mal. Era la mayor y siempre quería mandar. Yo era la pequeña.”

Tenía muchos amigos en la aldea, y aún recuerda a todos: Nieves, su amiga íntima que, con el paso del tiempo, continúa siéndolo; María Manuela, Gonzalo… Los mejores recuerdos de su infancia son con ellos. Todavía se acuerda de aquellos domingos cuando las chicas se reunían en una cueva y hacían merendolas con la comida que traía cada uno.

En su memoria quedan también todas las travesuras que hacían: robaban cerezas, guindas, manzanas, peras y ciruelas claudias en los huertos; llamaban a las puertas para después escapar (recuerda que después la mujer les perseguía con un cubo de agua); le quitaban los huevos fecundados al padre de Nieves y se los vendían luego al tabernero…con el pollito dentro.

Su único juguete era un muñeco de plástico con un cochecito que le regaló su tía. Los demás, los hacían ellas con latas, cuerdas, chapas…
Cuando Carmen tenía 16 años, el cura del pueblo le buscó un colegio interno en Madrid y vino a estudiar aquí. Los dos primeros meses lloraba y echaba mucho de menos a su familia, pero después recuerda esos años con cariño. Hizo allí muchas amigas, aunque ha perdido el contacto con todas ellas.

En el 72 empezó a trabajar en la ONCE, en el quiosco de la plaza República Dominicana. El trabajo le gustaba mucho, conocía a mucha gente. Recuerda que se metían las amigas en el quiosco, casi no cabían. “Éramos todas Cármenes: dos Carmen a secas y dos Mari Carmen. Casi no cabíamos –insiste, riendo”.

Conoció al padre de su hija en Recoletos. Como ella, era ciego y trabajaba en la ONCE. De novios iban a pasear al Retiro, al parque de atracciones, al zoo… “El zoo es lo que más me gustaba, pero no voy, por lo menos, desde 1980.” A Carmen le encantan los animales, especialmente, los perros y los gatos, “pero más los perros”.

Junto a su marido, organizaba viajes a los que se apuntaba gente que conoció en la ONCE: a Salamanca, Zaragoza, Guadalajara, Guadalupe, a los carnavales de Ávila, al Monasterio de Piedra… también le encantaba la playa.

La vida con su marido era difícil. Él era diabético, y, a veces, había que meterle cucharillas de agua con azúcar a la fuerza. Recuerda que un día le dio un mareo de caballo, siete hombres no pudieron sujetarle. Entonces, Carmen les pidió que se llevaran a su hija, Mari Mar, y ella sola le sujetó como el médico le había enseñado y le dio el azúcar. Murió en el 93, a causa de la diabetes y por problemas de riñón.

En el 2004 operaron a Carmen de los tendones del tobillo y, por un problema con la epidural, quedó paralítica. Desde entonces, tuvo que dejar de trabajar en la ONCE.

Ahora tiene 59 años y vive sola con su hija Mari Mar. Los miércoles y los viernes viene Harry, un chico boliviano de 25 años que la lleva a pasear. El resto de los díasestá sola en casa, viendo la tele (“Me gustan los programas de cotilleo […] ¿Para qué iba a ocultarlo? Me gustan.”), y escuchando música clásica, andaluza y mexicana. Su hija trabaja por las mañanas en una guardería y estudia Magisterio por la tarde, se va a las nueve de la mañana y vuelve a las nueve de la noche. Aún y todo saca tiempo para encargase de la limpieza y de hacer la comida a su madre. Cuando tiene vacaciones, se van juntas a la aldea de Galicia con su familia.

Mª Paz Peral.
Testimonio recogido por Begoña y Lucas.
Madrid, 21/02/2011


Mari Paz es una de esas personas que, al haber estado tantas veces al borde de la muerte, ya no le teme a casi nada.

Su historia ha transcurrido siempre en Madrid donde ella nació y, donde dice, quiere morir.

Mari Paz ha estado siempre condicionada por su diabetes. Nació con la enfermedad y su primer susto fue a los cuatro años. Entonces la tuvieron que ingresar en el hospital por una bajada de azúcar. A los seis tuvo un episodio parecido y estuvo al borde de la muerte.

Tiene otros dos hermanos más pequeños. Se llaman Rigoberto y Conchi. Su padre era camarero y su madre, ama de casa. Su infancia la pasó en Madrid que ,según ella, era una ciudad mucho más pequeña, rodeada de campo y sin coches. En su escuela no tenía casi amigos y pasaba poco tiempo allí puesto que iba al hospital varias veces por semana.

Su mejor recuerdo es el del día 18 de septiembre, el de su boda con Felipe, su difunto marido fallecido hace siete años. Ella dice que cuando se casó no estaba muy enamorada de él pero que Felipe era muy buena persona . La quería mucho y, al cabo del tiempo, ella acabó enamorándose de él. Felipe era zapatero y, aunque no ganaban mucho dinero, su vida, junto a él, fue perfecta.

Se quedó ciega a los 37 años pero fue una de las primeras en operarse de la ceguera y recuperó algo de vista. La intervino un médico que nunca antes había realizado ese tipo de operación. A partir del éxito que tuvo con Mari Paz siguió operando a más ciegos.

Sus manos, castigadas por la diabetes, han padecido úlceras. Algo poco habitual entre los que sufren esta enfermedad y que ha llevado a médicos a realizar varios estudios sobre sus manos. Ella comenta divertida que es famosa ya entre los médicos de España.

Actualmente una de las personas más importantes en su vida es Rigoberto, su sobrino, y al que crió desde muy pequeño. Él la viene a visitar todos los días. Pero no es el único también lo hacen los voluntarios de Amigos de los Mayores. Mari Paz afirma que está contentísima con ellos y que en las fiestas que organizan se lo pasa en grande

DinahTestimonio recogido por Beatriz Téllez y Belén Larraga.

Dinah es una mujer de 77 años que nació en Pampango, una provincia cerca de Manila, Filipinas. En su familia eran 11 hermanos, de los cuales ella era la séptima. Su madre tenía dos tiendas de ultramarinos y su padre tenía una farmacia. Tiene familiares en muchas partes del mundo: tres hermanos en Filipinas, uno en Nueva York. Siempre que visita Filipinas se acuerda mucho de su infancia, de sus amigas, de su familia, de todo su pasado ya que es allí donde creció.

En 1976 llegó a España y es aquí donde ha vivido 35 años, tiene la nacionalidad española. Es licenciada en inglés y se ha dedicado a ser profesora, tanto particular como en los colegios a los niños. En el colegio era muy buena estudiante, respetaba mucho a los profesores y uno de las anécdotas que mas me llamó la atención y de las cuales ella tiene un bonito recuerdo le sucedió en el colegio. Un día le comentó a sus amigas que la profesora de Inglés no pronunciaba bien, sus amigas fueron corriendo a contárselo al director, que al enterarse la castigó durante un tiempo. Desde ese momento decidió no volver a contarles nada por precaución.

Es una mujer muy culta que ha viajado por todo el mundo, de los muchos países que conoce encontramos: Japón, México, Irlanda, Londres, Canadá, EE.UU, Bélgica y España. En el instituto le encantaba jugar al voleibol, beisbol, bailar, la educación física, enseñar bailes nacionales e internacionales. Le encanta el teatro, ha escrito varios guiones, también ha dirigido e incluso ha actuado. Fue con su hermano con el que paso muy buenos momentos, de los cuales tiene bonitos recuerdos. Un día ella y su hermano estaban en las escaleras de su casa, de 11 escalones y ella llevaba una percha en la mano, su hermano tropezó, cayó por las escaleras y se desmayó, todos le echaron la culpa pero en el fondo ella no había hecho nada.

Le gusta la gente española, dice que es gente muy abierta, amable, cariñosa. Tuvo grandes dificultades en aprender la jota, y algunos diptongos más del castellano. Cómo ya he comentado antes era con su hermano con quien pasaba la mayor parte del tiempo, no debían llevarse muchos años de edad ya que iban juntos a todas partes. Se peleaba con él, típico de todos los hermanos, jugaban a las canicas, al bádminton, le gustaba tocar la armónica, su hermano tenía una y ella la cogía cuando el no estaba o dejaba de tocarla Le encanta el cine y sobretodo Sofía Loren, le gusta escuchar su voz, por eso ve la mayor parte de las películas en versión original, le gustan las películas españolas porque escucha expresiones, las repite y así mejora el acento.

Se quedó en España porque al terminar los estudios, le salieron muchos alumnos, dos de ellos eran hermanos y eran sordo-mudos. Tiene buenos recuerdos de infancia, su madre la enseñó a lavar, planchar, hacer la cocina, todas las tareas de las mujeres, que también enseñó a sus hermanos. Su madre era quien la cosía sus vestidos. Dice que hay muchas diferencias en la vida de Filipinas y la vida de España. En Filipinas la comunión no es como las que se celebran hoy en día, allí no hay tanta fiesta. Le gusta mucho cocinar, ve el programa de Arguiñano. La comida típica de Filipinas son los rollitos de primavera, macarrones con especias, un poco de cerdo, verdura, etc.

Magdalena, con vistas a Madrid

Magdalena insiste en recalcar que todos los días son el día de la mujer, que las mujeres han trabajado duro toda la vida. “Las mujeres han trabajado siempre, no sólo ahora. Allí en el pueblo, las mujeres eran tan mañosas, tan trabajadoras. Había una señora que ya tiene noventa y muchos años, Dorotea. Ella se levantaba todos los días dos horas antes de que fuera de día para ir a la fuente”.

Desde luego ella lo fue, cuando tenía 11 años comenzó a sustituir a su padre, el cartero de Navas de Estena, el pueblo donde pasó su infancia con vistas a los Montes de Toledo. “En mi casa no pasamos hambre, no era como Madrid, en el campo la gente podía sembrar algo o tener animales para comer. Pero si pasamos mucha necesidad, vivíamos con lo justito. Mi padre era el cartero del pueblo, pero aprovechaba otros trabajos que le salían, de jornalero o en la obra. Por eso decidió enseñarme la profesión”.

Así fue, llegó a un acuerdo con el Administrador de correos y hasta que su padre fue mayor y dejó de trabajar de jornalero, Magdalena se encargó de la correspondencia en la región. “Era muy importante, porque entonces no era como ahora. Antes no había teléfonos ni nada y la gente sólo se escribía cartas, muchas cartas” A pesar de su experiencia en el mundo laboral, Magdalena enseña con más cariño las primeras labores que bordó de niña. “esto es punto de cruz, esto es punto del diablo, estos bordados antiguos…”

Fotografía de Magdalena en el periódico tras vender el Gordo de Navidad Incluso con más cariño que la página del periódico donde aparece su fotografía detrás del mostrador de Doña Manolita, la famosa administración de loteria de Gran Vía “Cuando mi padre volvió al correo, me fui a Madrid a trabajar en las loterías. En Doña Manolita se trabajaba muchísimo porque pongas lo que pongas en Gran vía seguro que se vende “churros que pongas, churros que vendes”.

Trabajaba tanto que su padre le decía ‘hija, tu piensa que estos años no los has vivido, cuando cuentes tu historia no hables de Madrid”.

Magdalena fue lotera y recibió el que dicen es el mayor premio en la profesión. En 1975 vendió el Gordo de Navidad “Claro que te alegra cuando sabes que has vendido el Gordo pero no es lo mismo. Con los premios pequeños ves a la gente porque vuelven a la administración a cobrar. Con el Gordo van directamente a Hacienda y no te enteras de quién se lo ha llevado”. Se enteró por una vecina de los premiados, que le contó que habían montado un bar. Años después, dejo la lotería para cuidar de sus padres.

Desde entonces vive en Madrid, en un piso con una de esas envidiables terrazas madrileñas aunque no se vean los Montes de Toledo y los paisajes verdes de su pueblo. Cada lunes recibe la visita de una voluntaria de Amigos de los Mayores y hablan, “le gusta que le cuente cosas de animales, yo se muchas cosas “, dice entre risas antes de contarme como los ciervos tiran su cornamenta cada año para que les nazca una nueva “con una punta de más”.

El café de los miercoles

Los miercoles es el día de la merienda para Amigos de los Mayores. Varios mayores y voluntarios nos juntamos en la sede de la Fundación para charlar y tomar el café con dulces.

Aprovechamos una de estas reuniones para seguir recogiendo testimonios de nuestras grandes mujeres.

Carmen Gutierrez,

Desde niña. Carmen sintió la necesidad de trabajar para los demás, de ayudar. Por eso, y a pesar de lo “recto” que fue su padre, se las apañaba para robar comida de la cocina “robaba azúcar, harina…. iba a casa de mis vecinas, muy viejecitas que no tenían de nada, y les hacía gachas o algo para que comieran”, cuenta.

“Como era la hermana pequeña de ocho hermanos, en mi casa no hacía nada, no hacía ni la cama”, confiesa. Sin embargo, cuando salía del colegio, acompañaba a las monjas que le daban clase “ibamos a los huertos y a las casas a pedir ayuda para los pobres, también a los hospitales a ver a los niños enfermos y a los ancianos”.

Cuando cumplió 17 años, decidió hacer de aquello una forma de vida y se escapó de casa para vestir el hábito de monja. “Como había mucho comercio en mi familia ninguna mujer había trabajado antes. Mi padre no quería que fuera, pero se ve que yo tenía esa vocación dentro y me puse a trabajar con las monjas”.

Fue la primera vez que visitó Madrid, hizo el viaje desde Martos (Jaén) para recibir sus primeros hábitos. “Entonces se trabajaba muy duro para conseguir el pan y poder ayudar a los demás”, recuerda. “Las monjas no podíamos hacer casi nada, no podíamos salir, ni ir a una cafetería pero si cantar, tocar el piano y charlar”.

Aquel fue el primero de una larga lista de viajes en los que siguió trabajando para mejorar la calidad de vida de quienes la necesitaban. En Murcia donde tomó los hábitos permanentes, y tras dar la vuelta a España, cruzó el estrecho para seguir trabajando en Marruecos.

Allí pasó más de siete años, en los que conoció Tánger, Casablanca y otros tantos sitios de los que recuerda el calor pero sobre todo el café “Siempre he sido muy cafetera, aunque ahora no puedo tomarlo. En Marruecos tenían un café estupendo, negro y dulce”.

Y de vuelta a Europa, esta vez a Francia donde pasó varios años colaborando en Hospitales infantiles y residencias de ancianos. Fué allí donde, 40 años después y del mismo modo decidido e independiente con el que decidió tomar los hábitos, decidió dejarlos para dedicarse a cuidar a las hijas de una buena familia.

“Yo he cantado mucho, he bailado, he tocado el piano y he hablado con mucha gente; con gente rica y con los pobres. Fue increible y ahora te encuentras sola”, explica.

Este mes de marzo, Carmen ha recibido la primera visita de su voluntaria, Trini “Muy maja, me ha dicho que cuando haga mejor tiempo saldremos a la calle a dar un paseo; si no jugaremos a las cartas”. Carmen echaba de menos jugar a las cartas.

María Teresa Berenguer ‘Las personas solas necesitamos hablar mucho”

Hablar con Teresa es como un viaje por el tiempo y por América Latina. Recuerda su paso por Guayaquil, Antofagasta, Caracas, Santiago de Chile o Buenos Aires, mientras nos enseña unas cartas de sus amistades en Venezuela, un adorno de Médicos del Mundo o las fotos de Caracas y de su infancia que cuelgan en las paredes.

Esta madrileña de 78 años acaba de incorporarse a la Fundación Amigos de los Mayores para buscar un voluntario que le ayude a pasar los momentos de soledad que sienten los mayores que viven solos. En el Día de la Mujer, le hemos pedido que nos cuente su experiencia para recordar a las mujeres mayores, que como ella viven solas.

Como tantos otros, María Teresa salió de Madrid cuando comenzó la guerra y comenzó a ir a la escuela en Francia, tres años más tarde “Fue entonces cuando aprendí a hablar francés, y todavía lo hablo. También inglés porque siempre me ha gustado mucho aprender”, cuenta mientras
señala unos ejercicios a medio hacer. Y es que Teresa ha dejado las clases de inglés durante el inverno “a ver si empieza ya a hacer bueno y se puede salir más a la calle”, explica.

Hija única, siempre se encargó de sus padres con los que viajó por toda América Latina, vivían en Venezuela cuando cumplió siete años y no volvió a instalarse en España hasta 1965, después de la muerte de su padre.

Su historia da cuenta de su interés por los estudios y por conocer nuevas experiencias, se licenció en biología con la especialidad de farmacia, trabajó con su madre en talleres de costura y en
el negocio de librerías de la familia.

Aunque nunca llegó a ejercer como farmacéutica – confiesa que en Venezuela, como el España, había que tener “palanca” (enchufe) y no cualquiera podía invertir en una farmacia – sus conocimientos en esta materia la llevaron a ser voluntaria en Médicos del Mundo.

Recuerda ilusionada y con orgullo los 14 años que pasó como voluntaria. “Entonces, teníamos un local muy pequeño y las cajas de las donaciones se amontonaban, casi había que ir saltando”. Habla mucho, habla de su trabajo con drogodependientes, con prostitutas, con inmigrantes, de la gestión de donaciones a Caribú. Solidarios y tantas otras, del reciclaje, de la gestión de otros voluntarios, de la guerra de Kosovo “Yo trabajaba entre preservativos y chalecos antibalas”. Sonríe y sigue con el recuerdo…

Se interrumpe: “Las cosas han cambiado, ahora estoy sola y hablo mucho cuando alguien viene a verme. Cuando era yo la que acompañaba, era lo contrario. Tu tienes escuchar mucho a la gente, conocer su vida, sus problemas. Igual que yo estoy ahora contándote mis cosas pues antes era yo quien escuchaba sus historias”.

9 Respuestas a Testimonios

  1. yes! dijo:

    Me encanta esta iniciativa! Seguro que si nos preocupáramos por escuchar a cualquier persona mayor que esté a nuestro alrededor descubriríamos historias tan interesantes como la de María Teresa. 78 años dan para mucho!

  2. Pingback: Las mujeres mayores suponen ya el 10% de la población españolas

  3. Laura dijo:

    Felicitaciones por esto…. LAS ADMIRO!!!!!

  4. Gertrudis dijo:

    Me a encantado el reportaje, te da mucho que pensar, ya que tarde o temprano, llegaremos a tener la edad de las entrevistadas, y da mucha pena pensar que estaremos tan solitas, por eso que siempre que podamos, tenemos que acompañarlos y darles la posibilidad de que nos cuentes sus valiosas experiencias.

  5. Carlos dijo:

    Creo que es una iniciativa estupenda… Hay que escuchar más a los mayores!! Que toda esa experiencia no caiga en saco roto… Besos a todos lo abuelos y abuelas, yayos y yayas!

  6. Charo dijo:

    He leído el contenido del blog y me ha interesado mucho. Yo no soy joven pero tampoco muy mayor y ya sé lo que es la soledad.
    Gracias a Dios no necesito a nadie que me ayude, pero pienso que si en una fecha, aún lejana, me hiciera falta, me gustaría encontrar esa persona que me escuchara, que saliera conmigo a pasear, es decir saber que cuentas con alguien.
    Enhorabuena a todas esas personas y mis felicitaciones a todas las mujeres mayores de las que pienso algún día formar parte, por su valentía para enfrentar la vida.

  7. ROSCIE dijo:

    ME HA GUSTADO MUCHO LEER LOS TESTIMONIOS DE ESTAS MUJERES QUE SON EL ESPEJO DE TODAS, POR AHI VEO TANTAS MUJERES LINDAS LLENAS DE AÑOS Y EXPERIENCIAS … LO DE HABLAR TANTO ES UNA DELICIA, YA QUISIERA YO QUE UNA DE ELLAS ME HABLE ASI….BESOS PARA ELLAS

  8. ROSCIE dijo:

    …ME OLVIDABA…DIGANLES QUE DESDE PERU LES VAN LOS BESOS ….

  9. Luisa dijo:

    Enhorabuena por esta iniciativa. Nos ayuda a valorar la vida, a relativizar nuestros “problemas”, a apreciar más a las personas mayores, a generar espacios para la escucha…¡¡¡MENUDAS MUJERES!!!

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